Por qué me gustan los lugares altos

Tal como ese zuricato al que le toca ser vigía sobre un montículo de tierra para mirar al horizonte. Debe ser de las imágenes que más me han llamado la atención y que nunca he sacado de mi cabeza, porque además el zuricato tiene esa gracia de trabajar en grupo pero entregar responsabilidades individuales. No podría dar fe de que todo ese discurso es cierto, finalmente son animales estudiados por hombres. Pero vale el ejemplo.
Me gustan las alturas porque me permiten ver la totalidad y no perderme en lo que se ve a dos metros de mí. Continue reading

El problema político del lenguaje sicológico

El nacimiento de los lenguajes psicológicos para describir a las personas y a su conducta hace surgir determinados tipos de yo lo- calizados en determinadas zonas o campos de nuestro interior que son significativos y que nos obligan a hablar acerca de nosotros mis- mos en términos particulares con el fin de evaluarnos en relación con determinadas normas, y narrar nuestra experiencia a otros y a nosotros mismos mediante un lenguaje psicológico: “traumas”, “carencias emocionales”, “depresiones”, “represiones”, “proyec- ciones”, “motivaciones”, “deseos”, “extraversiones” e “introversio- nes”. Disponemos en la actualidad de todo un amplio vocabulario psicológico —o mejor, de una familia de vocabularios divergentes para describirnos a nosotros mismos— y cualquiera que sea el ori- gen de estos lenguajes del yo, son indispensables dadas las vías a través de las cuales nosotros podemos hacernos a nosotros mismos objetos de nuestra propia reflexión. Son lenguajes indispensables porque son las vías mediante las cuales nos conocemos a nosotros mismos. (Rose, 2007a: 112)

Castro-Gómez, S. (2011). Historia de la gubernamentalidad. Razón de Estado, liberalismo y neoliberalismo en Michel Foucault (pp. 1–274).

La técnica de gobierno del liberalismo

No sobra decir a este respecto que los dominados “aceptan” ser gobernados de cierta forma porque el gobierno no se ejerce sólo mediante ideas o agendas ideológicas, sino principalmente sobre (y a través de) los deseos, aspiraciones y creencias de las personas. Es un gobierno sobre la molecularidad del cuerpo. Por eso el liberalismo no es visto por Foucault como una práctica disciplinaria sino como práctica gubernamental que ha logrado generar unas “condiciones de aceptabilidad” sobre la conducta política y moral de los individuos. Aunque suene paradójico, el liberalismo ha funcionado eficazmente por más de 200 años porque logra que los individuos cultiven autónomamente el deseo de “vivir mejor” y “progresar” mediante la puesta en marcha de unos juegos de libertad económica (producción y consumo). No es que los sujetos sean “engañados”, que estén “cegados” por un velo ideológico que les impide ver que los objetivos que persiguen con tanto ahínco no son los suyos propios sino los de la “clase dominante” que los oprime. Tal como dijimos antes, las prácticas deben ser estudiadas en su positividad y no como remitidas a una lógica externa. Foucault piensa que las tecnologías liberales de gobierno logran vincularse molecularmente en la vida misma de las personas, en el ámbito de lo que Max Weber llamaba valores.

Castro-Gómez, S. (2011). Historia de la gubernamentalidad. Razón de Estado, liberalismo y neoliberalismo en Michel Foucault (pp. 1–274).

Por qué las barricadas son política pura

La definición de política más moderna y actualizada entiende a esta como la actividad que rompe la configuración existente para reclamar un espacio allí donde no se otorgaba ni espacio ni atención. Rancière lo llama el reclamo por “la parte de los que no tienen parte”. Ejemplificando:

La actividad política es la que desplaza a un cuerpo del lugar que le estaba asignado o cambia el destino de un lugar; hace ver lo que no tenía razón para ser visto, hace escuchar un discurso allí donde solo el ruido tenía lugar, hace escuchar como discurso lo que no era escuchado más que como ruido. Puede ser la actividad de los plebeyos de Ballanche que hacen uso de una palabra que “no tienen”. Puede ser la de los obreros del siglo XIX que ponen en razones colectivas relaciones de trabajo que no competen sino a una infinidad de relaciones individuales privadas. O también la de esos manifestantes o constructores de barricadas que literalizan como “espacio público” las vías de comunicación urbanas. (Ranciere, 2007)

Cualquier respuesta a negar una barricada (o una manifestación), precisamente en pos del “orden social”, será  igual que decir: “ustedes no tienen parte en esto (y las vías de comunicación de la ciudad son más importantes que ustedes)”.